Dr Jekyll and Mr Hyde
R. L. Stevenson
Durante algunos meses fui cliente asiduo (quizá el único) de Murdock & Lane’s, cuyo propietario, Wilfred Combs, es el responsable principal de que decida ahora contar esta historia. Su librería era, en principio, una de las muchas librerías de viejo que uno puede encontrar en Oxford, ciudad libresca donde las haya y, por consiguiente, una bendición para los avezados buscadores, entre los que me incluyo, de raros ejemplares, ediciones extraviadas o (este es el caso más común) libros olvidados que esperan la llegada de una mano salvadora que vuelva a repasar sus tiesas páginas. Aunque quizá llame a engaño el verbo encontrar y debería sustituirlo por los más adecuados topar o dar, pues la librería no estaba precisamente en una zona concurrida y comercial, como sí lo estaban la popular Borders o la decente Fenimore Books (ambas enclavadas en la avenida Payton), establecimientos en los que oía uno continuamente la campanilla anunciar la entrada de un nuevo cliente.
Así pues, tuve la fortuna y la desgracia (la segunda retrospectivamente) de topar o de dar con mis pasos en Murdock & Lane’s por pura casualidad; tenía la tarde libre y, aburrido y sin ningún conocido al que recurrir (apenas acababa de instalarme en el piso facilitado por la universidad en la que era recién llegado; aún no había conocido a mis colegas profesores) resolví dar un paseo, conocer el que sería mi ambiente durante dos trimestres, el plazo de mi contrato, y explorar las calles con cuyos nombres me costó más de lo esperado familiarizarme. Pero pequé quizá de intrépido y aventurero en mi primera excursión; enseguida quise alcanzar los rincones ocultos e intransitados, eso que algunos llaman la otra cara de la ciudad. Tras media hora deambulando frente a los escaparates de King’s Road, una de las avenidas principales, acaso con horror y sin motivo sintiéndome uno más de los turistas que entraban y salían cargados de bolsas y ligeros de dinero de los comercios atestados, doblé la esquina más cercana, internándome así en una callejuela sombría, desierta, que seguí en línea recta sin saber con qué daría o toparía al final. No recuerdo ahora con certeza qué pensé durante todo ese trayecto; sí recuerdo en cambio una fijación, una determinación inconsciente que me empujaba y me obligaba a dar un paso tras otro, como si en ello me fuera la vida y estuviera en mi destino el llegar a esa otra cara. Huelga decir que mi destino resultó ser la librería del viejo Combs.
La callejuela terminaba con el escaparate de cristal opaco y el letrero superior en el que se leía Murdock & Lane’s, formando un cul-de-sac que bloqueaba el paso y daba por concluido el angosto pasaje. Más tarde, cuando acudí allí de noche, me estremecí e incluso sentí cierta turbación, no del todo infundada, al pensar que el escenario guardaba cierta semejanza con los lugares del crimen que aparecían en alguna versión cinematográfica de Jack el destripador. Sin embargo, la primera vez era de día y no pude más que dejarme guiar por la curiosidad. Entré en el establecimiento, que carecía de campanilla, y allí estaba Mr Combs. Era un hombrecito encorvado y afable, de bigote circunspecto y nariz aguileña en la que solía apoyar unas gafas de considerable grosor; a juzgar por las arrugas y las canas rondaría los setenta años de edad. Preguntó solícitamente si podía ofrecer su ayuda o si buscaba algo en concreto (Welcome, my name is Mr. Combs…Have you got something in mind?, inquiría con una mueca jocosa del labio inferior); contesté que no y me limité a curiosear entre las filas de estanterías interminables, fingiendo un interés inexistente. Al cabo de un rato, supongo que adivinando que no acababa de encontrar nada de mi agrado, Mr Combs asomó su cuerpecito por una puerta semioculta, invitándome con el gesto a seguirlo. Me condujo por una escalera en espiral hasta un sótano aún mayor que la planta superior, pero de techo más bajo; el aire estaba embotado y había un inconfundible olor a libro antiguo. Perhaps you may find something of your interest here. You may take all the time you need, dijo ahora despacio y en tono amical, como si comprendiera que era un recién llegado y se apiadara de mí antes de volver al piso superior para dejarme a solas.
Enorme fue el asombro al topar mi vista con un ejemplar de A lie so white, obra póstuma de John Gawsworth, rey de Redonda, que años atrás había perseguido infructuosamente y cuya búsqueda había abandonado, llegando a creer para consuelo propio que se trataba de un libro maldito y fantasma que, de hecho, ni siquiera había sido escrito y cuya supuesta existencia casi mitológica partía del tipo de rumores y leyendas misteriosos que tanto gustan de inventar los ingleses. Tomé entre mis manos el libro y lo abrí al azar; la página reproducía el diálogo entre un tal Ranz y un tal Rylands que debatían acerca de la calidad literaria de Dr. Jekyll and Mr. Hyde, de Stevenson, curiosamente una de mis historias predilectas en la infancia, cuya lectura me quitó el sueño más de una noche (a medida que fui creciendo me sonrojaba avergonzado de que una simple historia llegara a infundirme tanto miedo), pues fui un niño crédulo en extremo y la ficción no supuso nunca un obstáculo para mí. Más tarde, de estudiante y ya como profesor, hice gala de cierto desprecio por quienes confunden realidad y ficción y me torné incrédulo y escéptico, concibiendo el cambio como una prueba más de mi admirable altura intelectual. Esta serie de ideas absurdas ocupaba mi cabeza (enternecida con los recuerdos rescatados y antes repudiados) cuando de pronto llegó del piso superior un estruendo de muebles precipitados y cristales rotos, de papeles rasgados y pasos vehementes, entre los que me pareció discernir un gemido agudo, monstruoso, ajeno a una voz humana.
Alarmado, el miedo inundándome el cuerpo, me apresuré a subir las escaleras. El piso estaba inexplicablemente intacto, igual que veinte minutos atrás, cuando había bajado al sótano. Recorrí la tienda entera en busca del librero Combs sin atisbo alguno de su presencia. Llamé su nombre; silencio. La cosa se mantuvo así durante un minuto en el que sólo pude permanecer atontado, en pie, a la espera de que sucediera algo. Sin explicación alguna emergió del mostrador la curvatura de Mr. Combs, luego el pelo canoso, el rostro arrugado y algo descompuesto mientras (me pareció a mí) introducía un frasquito de cristal rojo en el bolsillo del chaleco. Su presencia me alivió y, sin embargo, atisbé en su rostro algo parecido al horror; una sombra de presagio sobrevolaba sus diminutos ojos y ya no invitaba a la cordialidad y a la connivencia anteriores, antes al contrario, suscitó en mi un súbito rechazo y un asco instantáneo que logré reprimir diciendo con acento español: I’ve found quite a peculiar piece that I had lost hope to find years ago, John Gawsworth’s A lie so white. Alargó las manos tomándolo de las mías y durante unos segundos lo hojeó como quién se prepara para la ausencia del hijo que parte al frente; me lo devolvió sin antes esbozar una sonrisa infantil, risueña, desacostumbrada en un hombre de avanzada edad. Pagué y con un adiós reverente y educado salí por la puerta (sin campanilla que atestiguara mi paso por allí) y me dispuse a dar por finalizada la excursión. Se había hecho oscuro y los turistas volvían a sus hoteles cargados del botín del día; quise llegar cuanto antes a mi nueva casa desamueblada.
A juzgar por los acontecimientos referidos y por el estado en que la abandoné, resulta lógico pensar que no volví a Murdock & Lane’s. Pero lo cierto es que esa última sonrisa infantil y una curiosidad inexplicable hicieron que volviera a la librería en diversas ocasiones a lo largo de los tres meses siguientes, siempre con la excusa de buscar un libro, quizá otra obra fantasma y maldita de Gawsworth. Sabía que cosas extrañas ocurrían en la tienda y, aunque trataba una y otra vez de convencerme de mi propia idiotez infantil, acababa siempre por acudir al fondo de la callejuela con la esperanza de un aclaración. Pero cada visita no hacía más que contribuir a mis dudas y a mi vuelta al cabo de unos días: un gesto maligno o exultante, una torsión de la boca o una mirada febril del viejo Combs; las dilatadas ausencias y las súbitas apariciones con el semblante totalmente transformado. Y qué decir de los ruidos misteriosos cuando me encontraba en el sótano. El trasiego y el ajetreo constantes que tenían lugar durante esos breves intervalos parecían provenir de la actividad incesante de un taller o de un laboratorio. Pero ahí sólo estaba el anciano huraño, soltero, sin familia, como si la suya fuera la única compañía de la que no podía prescindir.
Dos semanas antes de finalizar mi estancia en Oxford decidí visitar por última vez a Mr Combs. No hablábamos mucho, pero el hábito había desarrollado cierto aprecio tácito y mutuo, de modo que el librero tomó por costumbre el saludarme de esta guisa desde el mostrador infranqueable: Good day, sir. Still in search of an impossible book?, a lo que seguía un gesto de la mano en dirección a la escalerita del sótano. Pero la despedida nunca se produjo, ya que topé o di con la tienda cerrada; las luces apagadas, la puerta cerrada con llave y la definitiva ausencia de Combs así lo certificaban. No obstante, lo terrible, lo que de veras me heló el alma fue el asomo de una sombra proyectada fugazmente en el estante del fondo. En el suelo, junto al estante, el frasco de cristal al que nunca había dado crédito yacía hecho añicos en el suelo mientras oía otra vez el ruido estremecedor de la primera tarde. Deshice el camino a paso rápido y pasé el resto del domingo en King’s Road, intentando sentirme un turista o un extranjero más de los que entraban y salían de los comercios atestados, cargados de bolsas y ligeros de dinero.
Aún no he leído (no creo que llegue a leer nunca) el libro maldito de Gawsworth y bajo ningún concepto lo volveré a abrir por la mitad, por precaución. Ojalá nunca lo hubiese encontrado en Murdock & Lane’s; ojalá nunca hubiera llegado a eso que algunos llaman la otra cara de la ciudad; ojalá pudiera seguir creyendo que su supuesta existencia casi mitológica parte del tipo de rumores y leyendas que tanto gustan de inventar los ingleses.
en (tosca) imitación de Javier Marías,
heredero de John Gawsworth en el trono de Redonda.
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